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24 febrero, 2016 / En Inteligencias múltiples

5 claves fundamentales para trabajar la Inteligencia Emocional

  1. cerebro_inteligencia_emocional_tekman_booksNadie es bueno o malo

No existen seres humanos intrínsecamente buenos o malos. Todo el mundo posee cualidades distintas que le conforman como persona y todas ellas pueden ampliarse. Cuando hablamos de seres humanos, nada es tan taxativo: lo que a una persona puede resultar dañino a otra puede resultarle motivador y viceversa.

 

  1. No hay por qué temer lo desconocido

Es común temer aquello que desconocemos puesto que pensamos que puede poner en riesgo nuestra seguridad o nuestro bienestar: nada más lejos de la realidad. Lo desconocido no sólo amplía nuestros horizontes y enriquece nuestra visión del mundo sino que nos otorga herramientas para gestionar, precisamente, los miedos y los temores.

 

  1. Tener la razón, a veces, es perjudicial

Siempre existe otro punto de vista. Muchas veces, escuchando, esa ‘razón’ inamovible en la que creemos puede cambiar, transformarse o hacerse más rica. A menudo, los seres humanos sólo podemos ver una parte del espectro de posibilidades que tenemos delante; aferrarnos a ello e intentar ponernos por encima de las razones de los demás no sólo es un absurdo, sino que nos impide escuchar y beneficiarnos de distintos puntos.

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  1. Equivocarse no es algo negativo

La equivocación es sana, nos permite crecer y aprender. Somos seres imperfectos y nuestra riqueza reside precisamente en nuestra complejidad, en nuestra capacidad innata de equivocarnos y de reaccionar al equívoco. Esta capacidad de adaptación ante los propios errores es un buen síntoma que presentan personas con gran inteligencia emocional.

 

  1. Establecer ciertos límites no nos convierte en intransigentes

La asertividad es una cualidad que ciertas personas tienen más desarrollada que otras pero que, en cualquier caso, puede trabajarse. Poner límites, decir que no o no dejar pasar conductas que consideramos poco justas hacia nosotros mismos son actos que nos permiten expresar lo que nos daña o lo que no queremos y, al mismo tiempo, proyectar estos deseos al resto de personas.

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